por Kristin Russo, cofundadora de Mi Hijo Es Gay

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Declaré mi sexualidad a mis padres cuando cumplí 17 años. Mi mamá, una católica romana, no me aceptó inmediatamente. Un año antes de ese momento, decidí en contra de la confirmación católica. Al reflexionar, no puedo imaginar la dificultad que ella experimentó en ese momento. Su fe le convenció que su hija iba a ir al infierno.
Nunca he creído que el infierno es real. Siempre he creído que es un lugar como el mundo de fantasía en la película The Neverending Story, un lugar hermoso (o en este caso, horroroso) y metafórico que fue creado para demostrar temas más abstractos e importantes. Creo que la lección del infierno es que no se debe ser una persona mala, porque malas cosas le pasan a él que sólo se preocupa de él mismo. De hecho, me parece que eso también es la lección de The Neverending Story.
De todos modos, seguimos adelante. En 1998, mi madre estaba convencida que la vida de su hija fue un pecado. Ella vio a una chica que estaba rechazando furiosamente su fe. Entiendo por qué ella pensó así, pero la realidad fue exactamente el opuesto. Yo no estaba rechazando mi fe, sino reconciliando mis creencias con mi misma mientras estaba creando mi propia identidad.
Me explicaron que la confirmación es un casamiento con la fe católica para la eternidad, y que últimamente es una decisión personal. Me pareció loco casarme con una religión para siempre cuando todavía estaba explorando y decidiendo quién era yo y lo que esta confirmación significaba en un contexto religioso más amplio. ¿Cómo podemos pedirlo de cualquier chico de 16 años? Al mismo tiempo, las lecciones principales del cristianismo eran muy importantes para mí: amar, no juzgar, la paciencia, la amabilidad. Pero también me parecía que los católicos no me aceptaban. Había mucho en que yo necesitaba pensar. También tuve sólo 16 años. Si estuviera luchando con estas preguntas hoy en día, podría conversar con mi madre, explicar a ella mis reservaciones complicadas, y escuchar a sus preocupaciones. De 16 años, sin embargo, yo sólo podía balbucear unas palabras enojadas, mirar con furia a alguien, o cerrar de un golpe la puerta. Los adolescentes que están luchando con estos temas complejos no saben comunicarse efectivamente.
Tras los próximos 10 años, exploré mi fe dentro de mi misma. Me encantaba el consuelo de estar en una iglesia grande y vacía. Aprendí a rezar. (Pensé que aprendí a rezar durante los 10 años de la escuela católica, pero éso no compara para nada con la decisión personal de tener una conversación con Dios.) Tomé unas clases de religión y descubrí las semejanzas increíbles entre casi todas las religiones mundiales. Pensé en la fe en un contexto histórico y me di cuenta de la importancia de tener la fe y la esperanza en lo que puede ser un mundo complicado y siniestro. Me convertí en una persona espiritual durante esos 10 años a causa de esta autorreflexión, no de cualquiera doctrina.
Cuando tenía 26 años, decidí hacer mi confirmación. No estaba de acuerdo con muchas de las acciones de la iglesia católica, todavía no estoy de acuerdo con ellas, pero había encontrado una conexión profunda con los valores básicos de la religión, y me sentí que la confirmación era un símbolo para mi dedicación a esos valores en mis propios términos.
Cuando tenía 26 años, aprendí que se puede ser homosexual y también ser religiosa.
Cuando tenía 26 años, podía conversar con mi madre sobre este proceso. La escuché cuidadosamente a sus preocupaciones, le expliqué mis propias creencias a ella, y nosotras dos aprendimos. Crecimos. Su fe creció, y mis opiniones sobre la importancia de relaciones individuales religiosas se hicieron más claras. Después de 10 años de luchando, encontramos un lugar de respeto y amor.

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